Ahí me encontraba yo, un domingo por la tarde, reclinada en el cómodo sillón para visitas de la habitación 705, sin nada más que hacer que buscar en la televisión algo que me inyectara aunque sea un poco. Afuera nublado, cero motivación para bajar a fumar. Los pasillos vacíos de visitantes fantasmas que pululan en silencio alrededor de enfermos solitarios, quienes desvían su atención de una puerta que nunca se abre, hacia un teléfono que jamás suena. Mi paciente, sentada a mi lado, pone en televisión el entretiempo de un partido de fútbol español, y pasan un comercial de una conocida tarjeta de crédito, donde en una mesa comparten personas de varios países latinoamericanos, los que se reconocen por su acento particular. Si no fuera por su manera de hablar, no se vería mayor diferencia física entre los jóvenes reunidos en torno a un partido de fútbol. Excepto el chileno.
Por alguna extraña razón, el publicista que ideó el comercial escogió a un actor de rasgos nórdicos para representar al chileno del grupo, un tipo alto, de abundante cabello rubio y destellantes ojos azules. Perfil que encaja mejor con nuestros vecinos de la Argentina, debido a la herencia alemana y rusa que tienen, pero el argentino era muy parecido a los demás comensales. Me llamó la atención, talvez por paranoia nacionalista, talvez por ese complejo de superioridad mal disimulada que tenemos arraigado en lo más profundo del alma los chilenos ... ¿ así nos ven nuestros vecinos? ¿ podemos estar en una misma mesa, compartiendo intereses comunes, fingiendo que somos todos iguales y que luchamos por alcanzar metas similares, pero siempre habrá algo que nos diferenciará, algo que está fuera de nuestra comprensión inmediata, pero realmente nadie sabe qué es? Esto de ser los nuevos ricos del barrio, al parecer nos aclaró la piel... porque, teniendo los mismo orígenes, hablando el mismo idioma, no comprendo como puede una divisa cambiar a toda una raza...
Talvez le di demasiada importancia al comercial, en parte por el letargo del día, en parte por todo lo que he escuchado durante las últimas semanas acerca del posible triunfo del candidato a la presidencia peruana, el ultra nacionalista
Ollanta Humala. Que es antichileno, que admira a un ex dictador, que su madre quiere fusilar homosexuales y su padre indultar terroristas. Interesantes declaraciones, pero no creo que sean muy trascendentales a la hora de votar sus compatriotas por él, ya que si Ollanta logra la banda presidencial, dudo mucho que sus padres tengan un rol importante en las decisiones de Gobierno. Y lo de antichileno, lamentablemente no debería sorprender a nadie. Nuestra historia regional destaca por no querer dejar atrás situaciones que ameritan ser dejadas atrás. Y cuando se carga un peso tan grande, se hace difícil avanzar sin ese doloroso estigma que recuerda constantemente las culpas del pasado.
Y lo más probable es que gane el señor Humala. No soy cientista política ni destaco por mis dotes en adivinación , pero al parecer el pueblo peruano está cansado de manos débiles y arcas vacías.
No pongo en duda las capacidades de los candidatos opositores,
Lourdes Flores y el tristemente célebre
Alan García, quien tiene a su haber un currículo de corrupciones de su anterior mandato, y aunque cuente con apoyo, difícilmente el pueblo peruano tropiece dos veces con la misma piedra...
Sigo recostada en el cómodo sillón. El vicio fue más fuerte, bajé los siete pisos que me separaban de la habitación a la entrada, y encendí el bendito cigarrillo. Vuelvo a subir, sintiendo un alivio momentáneo, y ayudo a mi paciente a comer, mientras el televisor nos entrega los primeros cómputos oficiales de las elecciones del Perú. Habrá que esperar un mes para conocer el nombre del próximo presidente del la nación Inca. Pero el candidato nacionalista lleva gran ventaja.
Mandatarios internacionales coinciden al señalar que es un triunfo para recuperar las raíces de la despreciada Ibero América.
Evo Morales,
Hugo Chávez,
Fidel Castro, y al parecer, Ollanta Humala. Cuatro Presidentes, cuatro voces que claman el sueño Bolivariano como la solución a todos los problemas arrastrados por años. Más gobernantes apoyan la causa, el gran sueño de estos descendientes de indígenas, orgullosos de sus raíces. Una América unida sería un sueño, una utopía tan difícil de lograr que de suceder permanecería inquebrantable, única. Al parecer, la gran meta de este nuevo siglo consiste en recuperar lo perdido, sacar al extranjero, unir los pueblos contra los opresores, siendo el rostro oficial de éstos, Estados Unidos. El gran país del norte, con su dictadura capitalista y arrolladora economía, refleja como un gran espejo las fallas internas de los sistemas tanto políticos como económicos de los países del cono sur. Y nuestro país, que a duras penas está encontrando el camino para salir de esta situación, y hasta el minuto no ha tenido contratiempos, vendría siendo para los vecinos como una pequeña sucursal que plantó Norteamérica como un constante recordatorio de los beneficios de arreglar los sistemas internos. A nuestros vecinos les molesta el ejemplo. Lo ven como una burla. Ya que Chile resurgió gracias a un producto que pertenecía tanto a Perú como a Bolivia. Ahí está el gran peso nuevamente, flagelando la carne del pueblo, que de tanto dolor no ve hacia adentro y vislumbra la inmensidad de recursos naturales que tiene a su haber.
Me despido de mi paciente y salgo a la fría noche. Me queda bastante por caminar, pero me voy con una duda que tardará en disiparse : si se logra la unión latinoamericana, ya sea de manera política, económica, o sólo de forma simbólica, ¿ estará invitado nuestro país a ser parte de ella?